La era de la luz



La era de la luz, prólogo de Man Ray para su libro homónimo:

En esta época, comparable a cualquier otra, en la que los problemas de perpetuación de una raza o una clase y de destrucción de los enemigos, son el objeto que absorbe por completo las motivaciones de una sociedad civilizada; resulta inoportuno e insignificante crear obras inspiradas solamente en la emoción y el deseo del individuo. Parece que sólo merezcamos retomar ocupaciones idílicas tras solventar la mayoría de los problemas más trascendentales de la existencia. Por otro lado, sabemos que la incapacidad de una raza o de una clase para mejorar por sí misma es equivalente a su incapacidad para aprender de los errores de la historia. Todo progreso es fruto de un intenso deseo individual por mejorar el presente inmediato a partir de una toma de conciencia de la insuficiencia material. En este estado de exaltación, la acción material se impone por sí misma y adquiere la forma de la revolución, de uno u otro modo. Raza y clase, al igual que los estilos, se vuelven irrelevantes, mientras que la emoción humana individual se transforma en universal. Qué puede ser más conciliador entre los seres que el descubrimiento de un deseo común? y, qué puede ser más inspirador de acción que la confianza despertada por una expresión lírica de este deseo? Desde el primer gesto del niño al señalar un objeto y nombrarlo -- aunque con un modo de significado completo -- hasta la mente desarrollada que concibe una imagen cuya rareza y realidad nos conmueve hasta lo más profundo de nuestros inconsciente; el despertar del deseo es el primer paso hacia la participación y la experiencia.



Con este espíritu experiencial y no experimental se presentan las siguientes imágenes autobiográficas. Captadas en momentos de desapego visual, durante períodos de contacto emocional, estas imágenes son residuos oxidados fijados por la luz y por los elementos químicos de organismos viviente. Toda expresión plástica no es más que el residuo de una experiencia. El reconocimiento de una imagen que ha sobrevivido de manera trágica a una experiencia, recordando el acontecimiento de manera más o menos clara, como las cenizas intactas de un objeto consumido por las llamas; el reconocimiento de ese objeto tampoco representativo y tan frágil y su simple identificación por parte de un espectador que posea una experiencia personal similar, excluye toda posibilidad de codificación psicoanalítica o de asimilación a un sistema decorativo arbitrario.


Cuestiones como el mérito y la ejecución, son materias solo para aquellos que evitan alcanzar, inclusive, los límites de esas experiencias. Esto se debe o bien a que un pintor, para intensificar la idea que desea expresar, introduce trozos de cromo en su trabajo manual, o bien a que otro, utilizando directamente la luz y la química llega a deformar el tema hasta el punto de usurparle todo parecido con el original, creando una nueva forma. La consiguiente violación del medio empleado es la garantía más perfecta de las convicciones del autor. Un cierto desprecio por el material utilizado para expresar una idea es indispensable para su más pura realización. Cada uno de nosotros, en su timidez, no puede sobrepasar ciertos límites sin ofenderse. Es inevitable que aquel que, gracias a un severo esfuerzo haya conseguido por sí mismo ir más allá de este límite, despierte un resentimiento en aquellos que han aceptado convenciones que, una vez admitidas por todos, no requieren ninguna iniciativa en su aplicación. Y este resentimiento, por norma general, se materializa en una risa burlona insignificante, en una crítica o, incluso, en una persecución. En cualquier caso, esta aparente violación es preferible a los hábitos monstruosos tolerados por la etiqueta y el esteticismo.


Todo esfuerzo motivado por el deseo debe también apoyarse en una energía automática o inconsciente para ayudar a su realización. De esta energía, poseemos reservas ilimitadas; basta con querer examinar en nosotros mismo, eliminando todo sentimiento de vergüenza o de decoro.


Al igual que el científico que, como un simple prestidigitador, manipula los fabulosos fenómenos de la naturaleza y se beneficia de cada, por así llamarlo, peligro o ley; el creador, tratando con valores humanos, deja filtrar las fuerzas inconscientes matizadas por su propia personalidad , que no es más que el deseo universal del hombre, y saca a la luz intensiones e instintos reprimidos durante largo tiempo que deberían formar la base de una fraternidad de confianza.


La intensidad de este mensaje sólo puede inquietar en función al grado de libertad concertado al automatismo o al yo inconsciente. Toda sustitución de las formas adquiridas de presentación bajo una artificialidad y extrañeza aparentes, es una confirmación del libre funcionamiento de este automatismo y debe acogerse sin reserva.


Cada día nos hacen confidencias abiertamente y es tarea del ojo ejercitarse para verlas sin prejuicios ni limitaciones.




Man Ray, Paris 1934

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