El evangelio de la mundialización

Esta entrada es, por una parte, consecuencia del módulo de globalización y mundialización que comprende una asignatura que actualmente curso (política internacional contemporánea), y por otro, de la charla de Juan Torres a la que asistí.

El texto que sigue es de Fernando Soler, y pertenece a un artículo llamado "Mundialización, globalización y sistema capitalista".


Si hemos de creer a los apologistas de la mundialización, es decir, a la mayoría de aquellos que tenemos la suerte, o la desgracia, de oír o leer en los diversos media, de otra manera, si hemos de aceptar la versión dominante, la mundialización es natural, irreversible, beneficiosa para el consumidor y acorde con los ideales de la libertad. Estos argumentos podemos encontrarlos desarrollados todos los días en los diferentes media, variando exclusivamente el grado de enmascaramiento en función, y por ejemplo, de a cuál de las “dos derechas” pertenezca el individuo o el medio en cuestión[9]. A veces, en su empeño evangelizador por convertirnos a todos a la religión del Dios-mercado, se alcanzan niveles patéticos. En un debate entre periodistas de Le Monde Diplomatique y el Financial Times un redactor de este último venía a sostener que la mundialización es, nada más y nada menos, que “una obligación moral” y rechazarla implicaría “la represión de los deseos naturales de los individuos” y “una puesta en cuestión fundamental de los derechos democráticos”. Unos derechos democráticos que, aunque pueda parecer mentira, quedan ejemplificados en la posibilidad de elegir entre un vasto surtido de cereales para el desayuno[10]. La puesta en cuestión de la representatividad popular o que los pueblos se vean obligados a padecer un destino que se les escapa, es algo que no parece importarle al demócrata “mundialista”, porque la democracia consiste en elegir, no ya entre una derecha y una izquierda puesto que esta segunda ha comprendido al fin que la única política “natural” es la de la primera, sino entre cereales Kellog’s, Nestlé o Pascual. Habría que preguntarle a tan eximio personaje no sólo a qué quedará reducida la democracia cuando esas tres firmas se fusionen en una sola, sino, y mucho más importante, qué supone la democracia para esas cuatro quintas partes de la humanidad que no pueden permitirse ni siquiera desayunar. Pero esto no le importa, y no le importa porque su concepción neoliberal de la democracia queda reducida a un sofisma tan burdo como peligroso, tan ideológico como torticero[11].

Premisa mayor: “toda intervención del estado es peligrosa para la democracia”; premisa menor: “rechazar la mundialización es pedir mayor intervención del estado”; conclusión: “rechazar la mundialización es peligroso para la democracia”. Por supuesto, las posibilidades de reemplazar la premisa menor por otras de carácter parecido son ilimitadas (por ejemplo: “asegurar la educación, o la sanidad, o las pensiones, o el trabajo, o tantas otras cosas, exige la intervención del estado”, por lo cual hacerlo es nefasto para la democracia). [...].En otro artículo recogido en la misma revista leemos cómo otro de estos demócratas sostiene que los que se oponen a la mundialización lo hacen porque tienen miedo a los mercados y a los extranjeros, por tanto no hay que escucharles. Es decir, esta argumentación, sibilina y falaz, viene a identificar la oposición a la deificación del mercado con el racismo y la xenofobia. Curiosa inversión de los problemas que ignora que el racismo es precisamente uno de los pilares ideológicos, cierto que no el único, del capitalismo[12].

Lo que ocurre es que cualquier argumento es bueno para difundir el evangelio de la mundialización: los mercados son eficientes por sí mismos y, por tanto, los estados son innecesarios, las cosas funcionan mejor cuando se elimina cualquier tipo de intervención externa, y ricos y pobres, poseedores y desposeídos, explotadores y explotados no mantienen intereses contrapuestos. El cielo que nos prometen es el del desarrollo económico, el de la generación ilimitada de riqueza, y lo alcanzaremos si aceptamos y cumplimos su nuevo evangelio manteniendo la fe en la privatización, en la desregulación y en la apertura de los mercados de capitales, mientras que los gobiernos deberán limitar sus actividades a equilibrar los presupuestos y luchar contra la inflación: “la mundialización del comercio y de las inversiones ha reducido la independencia de los gobiernos… Los que quieren poner barreras para intentar reencontrar la independencia de otros tiempos confunden la causa y el efecto… Hemos creado este mundo nuevo de los mercados mundiales y de la comunicación instantánea que ha ganado en eficacia y en competitividad sobrepasando los poderes de los gobiernos”[13]. Es preciso, pues, romper cualquier posible resistencia. “El mundo de los negocios puede sacar a la economía de la crisis. La ‘globofobia’ debe ser combatida. Es preciso mejorar la comprensión de la mundialización y su verdadero impacto sobre el trabajo y las riquezas”[14]. Y este combate es una pugna por completo desigual, puesto que uno de los bandos posee todos los medios y los utiliza sin miramientos. Últimamente, además ha recibido el importante apoyo de los “socialconformistas”[15], los cuales, con la furia del converso, del Saulo camino de Damasco que tiene que purgar sus pecadillos de juventud, se han lanzado a una tan pueril como patética carrera de “yo más” frente a la derecha populista que antes mencionábamos. Todo aquél que no acepta una carrera en estos términos es inmediatamente denunciado como un iluminado, visionario y trasnochado que no ha comprendido que la historia ha finalizado puesto que hemos asistido en este último decenio del siglo al definitivo triunfo de la democracia liberal. La preponderancia absoluta del mercado, la hegemonía del juego oferta-demanda en la economía mundial proceden, como es sabido, de un proyecto de desregulación. En este sentido, toda intervención o toda regla destinada a atemperar la brutalidad del mercado es considerada obsoleta. La nueva utopía en marcha, pero en realidad tan vieja como el propio capitalismo, es la de un mercado químicamente puro, desembarazado de todo elemento extra-económico. Todas las antiguas formas de regulación son o eliminadas o reinterpretadas en provecho único y exclusivo del mercado.

Pero, precisamente por esto último, ese combate que hemos mencionado es también tremendamente despiadado, ya que el otro bando está poniendo en juego incluso su propia subsistencia física. Porque, en definitiva, ¿de qué estamos hablando?. Desde luego, no de abstracciones. Estamos hablando de procesos y actuaciones que tienen consecuencias muy concretas y específicas. Estamos hablando de Política, pero no entendida como la actividad tantas veces miserable y mezquina con que todos los días se nos obsequia, sino entendida de una manera tan simple como clarificadora: “la verdad es que la gente necesita comer todos los días. Las políticas que garantizan que puedan hacerlo regularmente con dietas adecuadas, y garantizan la vivienda, la salud u otras condiciones materiales de vida durante largos períodos de tiempo, son buenas políticas. Las políticas que favorecen la inestabilidad directa o indirectamente, que impiden comer a los más pobres en nombre de la eficacia y el liberalismo o incluso en nombre de la libertad, no son buenas políticas. Y es posible distinguir las políticas que cumplen esas normas mínimas de las que no lo hacen. La ofensiva de la competitividad, la desregulación, la privatización y la apertura de los mercados de capitales ha socavado las perspectivas económicas de muchos millones de entre las personas más pobres del mundo. Por tanto, no se trata de una cruzada ingenua y equivocada. En la medida en que socava la estabilidad de la provisión diaria de pan, es peligrosa para la seguridad y estabilidad del mundo. El mayor peligro en este momento está en Rusia, un catastrófico ejemplo del fracaso de la doctrina del libre mercado. Pero serios peligros han surgido en Asia y América latina y no van a desaparecer pronto”[16].



Para leer el artículo completo: http://www.rcci.net/globalizacion/2001/fg155.htm

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