Escrito en enero
¿Qué he hecho yo para no hacer lo que no debo?
¿Qué he hecho yo para no hacer lo que no debo?
No importan las puertas abiertas,
las ventanas sin persianas,
el rayo delgado que abra
los pechos de esta cárcel;
la luz que ilumine vientres oscuros
agotados de comercio,
si hay tumbado un cuerpo de nadie
mojado por otros sexos.
Es papel secante anegado
inundado en su carne;
un preso de hombres encerrado
en la soledad que penetra.
Éramos dioses y nos volvieron esclavos.
Éramos hijos del Sol y nos consolaron con medallas de lata.
Éramos poetas y nos pusieron a recitar oraciones pordioseras.
Éramos felices y nos civilizaron.
Quién refrescará la memoria de la tribu.
Quién revivirá nuestros dioses.
Que la salvaje esperanza sea siempre tuya,
querida alma inamansable.
Gonzalo Arango
Ya no soy una niña,
pero me siento más vulnerable
porque mi cuerpo, ya más grande
carga solo con la indefensión
del humano desnudo sobre la tierra.
Trota con esa sangre caliente
que golpea los tejidos
viviendo atrapada en nosotros mismos
solitarios, sin padres,
sin vientres que nos envuelvan y protejan
de daños pesados como piedras,
sin nadie que nos salve.
De las hecatombes en nuestros ojos,
de nuestras guerras internas.
Esas voces instintivas que suplican
que alguien más que las células
nos resguarde y nos intuya la vida verdadera;
una sombra deseada que se nos acumula
en forma de desidia oscura
y que al fin y al cabo, nos escuche.
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