The Crunch

too much too little
too fat
too thin
or nobody.

laughter or
tears

haters
lovers

strangers with faces like
the backs of
thumb tacks

armies running through
streets of blood
waving winebottles
bayoneting and fucking
virgins.

an old guy in a cheap room
with a photograph of M. Monroe.

there is a loneliness in this world so great
that you can see it in the slow movement of
the hands of a clock

people so tired
mutilated
either by love or no love.

people just are not good to each other
one on one.

the rich are not good to the rich
the poor are not good to the poor.

we are afraid.
our educational system tells us
that we can all be
big-ass winners

it hasn't told us
about the gutters
or the suicides.

or the terror of one person
aching in one place
alone

untouched
unspoken to

watering a plant.
people are not good to each other.
people are not good to each other.
people are not good to each other.

I suppose they never will be.
I don't ask them to be.

but sometimes I think about
it.

the beads will swing
the clouds will cloud
and the killer will behead the child
like taking a bite out of an ice cream cone.

too much
too little

too fat
too thin
or nobody

more haters than lovers.
people are not good to each other.
perhaps if they were
our deaths would not be so sad.

meanwhile I look at young girls
stems
flowers of chance.

there must be a way.
surely there must be a way that we have not yet
thought of.

who put this brain inside of me?
it cries
it demands
it says that there is a chance.

it will not say
"no."


Charles Bukowski. Love is a Dog From Hell

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Johnny Carter veía a Dios a través del tiempo. Y el tiempo a través de la música.


Las flores son las miradas de los que han muerto
Galdós
 
 

No he vuelto a la calle Feria
ni al camino lento de mi abuela
con una muleta firme,
cortando rosas
de los jardines.
Esa muleta negra y gris
hacía el ruido inquieto
del plástico recio.
En él se escuchaban la guerra civil,
la miseria antigua,
la oxidada silla de ruedas de Rafael
como sombras congénitas
que no se van nunca.
Los jardineros municipales
nunca le reprocharon
que los sábados cortara
flores sin nombre
para sus nietas.
 Con ella se fue
la escasa luz de Cabo Carmona
y mi causa de amor en Alcolea.
Regresaron los jardineros uniformados
y su reino de orden y silencio.
Yo no he vuelto a la calle Feria
desde entonces.
Ahora huele a la soledad
de unas flores huérfanas,
a una belleza de colores tristes
que ninguno de los vecinos comprende.

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Chromophobia

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Sobre el brío de mi cuerpo
ansío sin cautela
la luz lenta de tu nombre.

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Hipermegaultra

Encontré este poema de Claudio Molineri Dassatti en el ejemplar de la revista Boronía titulado Poemas a 45 r.p.m. Mi historia con Dassatti se basa en el azar y en la combinación infinita de posibilidades. Hace dos o tres años, me topé con un panfleto en el Campus de Rabanales cuyo título rezaba Manifiesto Ignicionista. Lo arranqué de la pared y me lo llevé a clase de árabe, pero mi despiste hizo que me lo dejara olvidado allí mismo. Mi suerte fue encontrarme fortuitamente otro de estos manifiestos en otro rincón de la Universidad días después.

No volví a tener encuentro con Dassatti. Hasta hace dos días cuando, ojeando el número citado de Boronía, un poema me llamó especialmente la atención. Ciertamente me recordó a situaciones vividas en Sevilla con mi querida amiga y compañera de piso y vida Sara, a quien dedico el siguiente poema (y no esta parrafada que ilustra lo mal que se me da dar explicaciones):

 Mi compañera de piso 
es fotógrafa, deejay, 
diseñadora.

Le gustan los chicos, 
pero también le van las 
 chicas. A mí me pasa 
algo parecido. 

 Ahora nos decepciona 
el doble de gente


Claudio Molineri Dassatti





Linda mirada

Puede que alguien se sorprenda e incluso se asuste. Pero soy una persona bastante ecléctica y este grupo me gusta de manera demasiado personal:


Mi corazón nunca ha latido tan fuerte. Vengo sintiéndolo desde otra ciudad. Hoy brillaremos con nuestra propia luz sin importanrnos lo que venga diciendo la gente: Que yo siempre he sido igual... Yo sé que estás esperándome a mí y que a estas horas siempre te dejan sola. (Mientras la música no pare)

Las noticias vuelan en las ciudades de provincias donde crecimos tú y yo [...] Las calles crecen hacia lo ancho y el centro cuesta cada  vez más. Hay que inventar pretextos para luego salir corriendo. Los que regresan de vacaciones no reconocen la ciudad. Los que se quedan hacen su vida y pasan de largo. ¿A dónde irán? (De barrio residencial, de buena familia)


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Pero hay un país donde los héroes son saxofonistas y conocemos sus nombres [...]Hay quienes suenan a fagot sumergido (eso que se oye al aplicar la oreja al vientre de una mujer desnuda).

Ildelfonso Rodríguez

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La gente que busca libertad tendría que tener en cuenta los puntos débiles del hombre blanco: su avidez, su derroche, sus tendencias suicidas, ¡está loco! Viola y asesina a los suyos, atraca sus propios bancos, engaña a su sistema, ignora a sus enfermos, a sus ancianos, a sus inválidos. ¿Sabes, papi?, me han dicho que los blancos tienen la costumbre de arrojarse mutuamente en hornos y que usan sus pieles como pantallas de velador o para tapicería. Después se mienten entre ellos en sus periódicos. Están enfermos y quizás sea nuestro deber curarlos, ser sus doctores y enfermeras y cuidarlos, de lo contrario podríamos contraer la misma enfermedad e infectar nuestro futuro y hacer naufragar nuestras esperanzas de vivir en un mundo verdaderamente libre. No papá, sería más horrible que la bomba atómica. (...)

Beneath the Underdog, de Charles Mingus

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Gente en la playa

A pesar de que este blog parece un desierto, tal y como diría Cortázar, tengo la certeza de que alguien anda por ahí. Escribir perpetuamente uno solo en un blog es infinitamente triste, por tanto si diera señales de vida algún extraviado que acabó aquí, mi interior lo agradecería, porque no puedo dejar de tener la sensación de que estoy tirando mensajes en una botella a un mar muerto.

A principios de junio tuve la suerte de ver en Sevilla al poeta Joan Margarit, que presentó su nuevo poemario Se pierde la señal. Desde entonces, había querido subir un post con este poema, con él terminó de presentar este nuevo libro. Para mí escuchar recitarlo fue una maravilla.


La mujer ha aparcado en una calle 
junto a la arena.
Baja del coche y, sin prisa,
saca y despliega la silla de ruedas.
Después, coge al muchacho,
lo sienta y le coloca bien las piernas.
Se aparta unos cabellos de la cara
y, mientras observa cómo ondea su falda,
va empujando la silla de ruedas 
hacia el mar.
Entra en la playa por el pasadizo
de tablas de madera que, de pronto,
a unos metros del agua, se detiene.
Muy cerca, el socorrista mira al mar.
La mujer alza al chico:
lo coge por los brazos
y, de espaldas al agua, va arrastrándolo
mientras los pies inertes del muchacho
dejan dos surcos tristes en la arena.
Lo ha llevado muy cerca de las olas
y lo deja en la arena para volver atrás
a recoger el parasol y la silla de ruedas.

Estos últimos metros. Siempre faltan
los malditos, terribles metros últimos.
Estos te romperán el corazón.

No hay amor en la arena. Ni en el sol.
ni tampoco en las tablas, ni en los ojos
del socorrista, ni en el mar.
Estos últimos metros son el amor.
Su soledad.


Joan Margarit

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