Pero hay un país donde los héroes son saxofonistas y conocemos sus nombres [...]Hay quienes suenan a fagot sumergido (eso que se oye al aplicar la oreja al vientre de una mujer desnuda).

Ildelfonso Rodríguez

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La gente que busca libertad tendría que tener en cuenta los puntos débiles del hombre blanco: su avidez, su derroche, sus tendencias suicidas, ¡está loco! Viola y asesina a los suyos, atraca sus propios bancos, engaña a su sistema, ignora a sus enfermos, a sus ancianos, a sus inválidos. ¿Sabes, papi?, me han dicho que los blancos tienen la costumbre de arrojarse mutuamente en hornos y que usan sus pieles como pantallas de velador o para tapicería. Después se mienten entre ellos en sus periódicos. Están enfermos y quizás sea nuestro deber curarlos, ser sus doctores y enfermeras y cuidarlos, de lo contrario podríamos contraer la misma enfermedad e infectar nuestro futuro y hacer naufragar nuestras esperanzas de vivir en un mundo verdaderamente libre. No papá, sería más horrible que la bomba atómica. (...)

Beneath the Underdog, de Charles Mingus

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Gente en la playa

A pesar de que este blog parece un desierto, tal y como diría Cortázar, tengo la certeza de que alguien anda por ahí. Escribir perpetuamente uno solo en un blog es infinitamente triste, por tanto si diera señales de vida algún extraviado que acabó aquí, mi interior lo agradecería, porque no puedo dejar de tener la sensación de que estoy tirando mensajes en una botella a un mar muerto.

A principios de junio tuve la suerte de ver en Sevilla al poeta Joan Margarit, que presentó su nuevo poemario Se pierde la señal. Desde entonces, había querido subir un post con este poema, con él terminó de presentar este nuevo libro. Para mí escuchar recitarlo fue una maravilla.


La mujer ha aparcado en una calle 
junto a la arena.
Baja del coche y, sin prisa,
saca y despliega la silla de ruedas.
Después, coge al muchacho,
lo sienta y le coloca bien las piernas.
Se aparta unos cabellos de la cara
y, mientras observa cómo ondea su falda,
va empujando la silla de ruedas 
hacia el mar.
Entra en la playa por el pasadizo
de tablas de madera que, de pronto,
a unos metros del agua, se detiene.
Muy cerca, el socorrista mira al mar.
La mujer alza al chico:
lo coge por los brazos
y, de espaldas al agua, va arrastrándolo
mientras los pies inertes del muchacho
dejan dos surcos tristes en la arena.
Lo ha llevado muy cerca de las olas
y lo deja en la arena para volver atrás
a recoger el parasol y la silla de ruedas.

Estos últimos metros. Siempre faltan
los malditos, terribles metros últimos.
Estos te romperán el corazón.

No hay amor en la arena. Ni en el sol.
ni tampoco en las tablas, ni en los ojos
del socorrista, ni en el mar.
Estos últimos metros son el amor.
Su soledad.


Joan Margarit

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Nota sobre William Blake

El cuerpo eterno del hombre es la imaginación, osea, Dios mismo.

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Saber qué  se quiere y por qué. 

No saber quién es quien te llama  por las noches. Si es tu abuela desde su nueva casa, si es tu padre desde su otro mundo. No saber en qué labios estás. Por qué escoges té en vez de café, lechuga iceberg y no canónigos. Por qué pimientos rojos como un corazón intenso y no los verdes de la esperanza. 
Cómo saber cómo sin qué, qué sin quién si soy un accidente natural desde el 22 de octubre de 1990 y no sé nada más de mí.

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Ha empezado junio. Yo cada vez me siento más prosaica (si es que alguna vez no lo fui). La mala hierba del bendito trabajo. Pero por encima de todas las cosas, hay algo que empiezo a entender y me alivia, porque sé que es una idea cierta, por dura que resulte de masticar. Para ser feliz no hace falta esperanza.


Lleva en mi boca todo el día.

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Oscura y precaria,
la noche me envuelve.
Las estrellas verticales clavan
un nicho eterno en nuestros corazones.
¿Acaso no soy el polvo de un gigante lejano
la piel de un astro que se extingue?
Somos más que otros:
el cielo del que nacemos
y del que nos sentimos desgarrados,
una constelación rota
un satélite
sin planeta a quien pisarle la sombra

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Me apunto esto mentalmente para que nunca se me olvide, para que cuando sienta que estoy a punto de ser derrotada y me toque la espalda buscando el equilibrio que he perdido, ese tocarme la espalda con mis dedos de mujer pianista que hace mucho que no toca el piano, de mujer que quiere y ha abandonado o aún no ha conseguido un quiero -porque el amor de una mujer con unos dedos como estos siempre es progresivo- . Palparme la espina dorsal de mujer deseante que sobresale como los huesos o la columna vertebral, que se deja intuir más allá de las fronteras de lo físicamente posible. Y acariciarme con las yemas la partitura de mi espalda, tocar potencia -quizás música- y apuntar con la mano izquierda mentalmente esta frase para que nunca se me olvide:

Para que haya cambios tiene que haber errores

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Escribo poemas
porque me duelen
los hijos de otros.



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This Bread I Break


This bread I break was once the oat,
This wine upon a foreign tree
Plunged in its fruit;
Man in the day or wine at night
Laid the crops low, broke the grape's joy.

Once in this time wine the summer blood
Knocked in the flesh that decked the vine,
Once in this bread
The oat was merry in the wind;
Man broke the sun, pulled the wind down.

This flesh you break, this blood you let
Make desolation in the vein,
Were oat and grape
Born of the sensual root and sap;
My wine you drink, my bread you snap.
 

Este pan que yo parto fue alguna vez avena,
este vino en un árbol extranjero
se zambulló en su fruta;
durante el día el hombre y por la noche el viento
segaron las cosechas, rompieron el gozo de la uva.

Alguna vez, en este vino, la sangre del verano
golpeteaba en la carne que vestía la viña,
un día en este pan
la avena al viento era alegría,
el hombre rompió el sol, abatió el viento.

Esta carne que partes, esta sangre a la que dejas
sembrar desolación entre las venas
fueron avena y uva
nacieron de la raíz sensual y de la savia;
mi vino que te bebes, el pan que me arrebatas.

Dylan Thomas

Traducción de Elizabeth Azcona Cranwell

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El último unicornio


Te quiero por tu hermosa resistencia
por la solemnidad ante el ataque
de espadas salvajes y Atílas modernos;
Te quiero por tu sangre en fuga
que vida siembra
por tu belleza única de amapola
sobre un campo de minas.

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